Como cada 2 de abril y coincidiendo con el natalicio de Hans Christian Andersen, celebramos el Día Internacional del Libro Infantil y Juvenil; y como ya se viene haciendo costumbre en este blog, qué mejor manera de celebrar que hablando de libros para niños y no tan niños, de hecho, yo he llegado a ellos ya bastante pasadita la infancia. En esta celebración les presento sólo dos libros, pero creo que es una selección representativa de la Literatura Infantil y Juvenil, espero estén de acuerdo conmigo:
La historia interminable de Michael Ende, qué les puedo decir de este libro que ustedes no sepan, pues que yo no sabía de lo que me estaba perdiendo hasta que me acerqué a él hace unos cuantos meses y finalmente entendí por qué es todo un clásico de clásicos entre los libros infantiles. Una gran historia de Fantasía, de un niño, de un libro y de muchas historias en una historia, hay otros libros, bibliotecas, batallas, emperatriz, dragones de la suerte y… aquí sí vale el “mejor léanlo” y si ya lo han hecho, vuelvan a hacerlo. Yo lo tengo entre los pendientes de relectura.
La cabeza de Bastián le daba vueltas. ¡Era exactamente el mismo libro que estaba leyendo! Lo miró otra vez. Sí, no había duda: el libro que tenía en las manos era el libro de que se hablaba. Pero, ¿cómo podía aparecer ese libro dentro de sí mismo?
¿Sabías que durante una buena parte del primer milenio de la era cristiana, los textos copiados por los escribas no tenían espacios entre las palabras y tampoco existían los signos de puntuación que tantos dolores de cabeza provocan hoy en día a muchas personas; razón por la cual, era común en aquel entonces realizar la lectura en voz alta?
¿Sabías que antiguamente los textos sólo estaban escritos en mayúsculas y que fue gracias a Carlomagno, emperador de Roma del 800 al 814 de nuestra era, y su dificultad para aprender a escribir —porque sí, gobernantes analfabetas los ha habido en todos los tiempos— reproduciendo los trazos complicados de las “Capitales Romanas”, que su profesor Alcuino de York se dio a la tarea de revisar las letras utilizadas en aquel entonces y a simplificar los trazos, creando de esta manera las letras minúsculas que seguimos utilizando hoy en día?
¿Sabías que actualmente nadie logra ponerse de acuerdo en si la CH y la LL son letras o deben ser rebajadas al nivel de dígrafos, es decir, la combinación de dos letras para representar un sonido?
Estos y otros datos más los encontrarán en El libro de las letras: de la A a la Z, y no es diccionario de Victoria García Jolly, editado en 2011 por la editorial Otras Inquisiciones en la “Colección Códex”. Un libro simple y sencillamente fascinante que más allá de un tratado de lingüística, de paleografía o un estudio tipográfico, es un recuento ameno del surgimiento de las letras y es la reivindicación de algunas.
Si eres de los que no entienden el desperdicio de tinta y/o de pixeles en el uso de una H que de cualquier forma no va sonar, porque todos sabemos que es muda a menos que la preceda una C; si eres de los que se quejan por la existencia de la V y la B que no hacen más que causarnos conflicto y provocarnos varios sonrojos cuando confundimos una por la otra, o si eres de los que, en un arranque de rebeldía escribe “Ke” en lugar de “Que”; este libro te hará entender muchas cosas y te explicará el porqué de algunas letras que ahora nos parecen obsoletas y engorrosas, te ayudará a ser un poco más solidario con muchas letras vilipendiadas durante siglos y, quién sabe, quizá hasta descubras que tienes nuevas favoritas, aunque esto no te salvará de seguir cometiendo algunos errores ortográficos.
El único pero que le pongo a este libro son los chistes que la autora mete en algunos capítulos y que ella misma reconoce en el epílogo son malos, aunque el recuento histórico de cada letra es tan ameno que bien se le perdonan. Un libro que, como les mencionaba, resulta fascinante y que sin duda amerita más de una lectura para digerirlo mejor.
¿Cómo lucen dos mil millones de libros vendidos? Quizá lo difícil no sea tratar de imaginar esa cantidad, sino de algún título que haya alcanzado tal cantidad de ventas; cuando se habla de libros súper ventas, generalmente se hace en términos de cantidades recaudadas y, a lo mucho se llega a hablar de cientos de miles, en algunos (pocos) caso de millones de copias, pero ¿hay libros que hayan vendido más de dos mil millones de ejemplares? ¿cómo podemos interpretar esta cantidad?
Veamos, de acuerdo con la infografía What does 2 billion book sales look like? elaborada por Lovereading UK si tratamos de imaginar 2 mil millones de libros organizados en línea nos alcanzarían para dar 1.25 veces la vuelta a la tierra, es decir 31,565. 69 millas –en sistema métrico decimal comprensible: 50,800 kilómetros–, o bien, viajar a la luna 1.7 veces, si es que se ponen poéticos y románticos.
Pero, ¿qué escritores han logrado vender tal cantidad de libros? sólo Agatha Christie y, desde luego, Shakespeare. Si comparamos a estos grandes con los autores superventas actuales, vemos que los segundos se quedan bastante medianos: Rowling, reconocida a nivel mundial por la saga Harry Potter a “duras penas” ha llegado a los 350 millones de copias vendidas aunque, claro, ya los quisiera yo; esos 350 millones de copias le sirven sólo para igualar la longitud de la muralla china (poco más de 8,800 kilómetros) que dicho sea de paso, tampoco es cosa menor.
Stephen King, otro grande actual, prolífico y muy leído, con sus 70 títulos publicados tiene 300 millones de copias vendidas que le dan para abarcar los más de 6,000 kilómetros del Río Nilo; por cierto, entre los títulos más vendidos están El resplandor, La danza de la muerte y Eso.
Dan Brown y Tolkien han vendido 200 millones de copias de sus libros con los cuales se puede recorrer los poco más de 5000 kilómetros que hay entre Cornwall y Nueva York, en Estados Unidos.
Ya está, creo que eso es suficiente para darnos una idea de lo que 2 millones de libros o copias vendidas significan. Los dejo pues con la infografía en cuestión y quizá les queden ganas de apoyar a alguno de estos pobres autores a alcanzar, al menos, la longitud de la Gran Muralla China.
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Hace tiempo no realizaba este ejercicio, pero siempre resulta interesante ver lo que la gente va leyendo durante sus trayectos en el metro que, insisto, entre el trajín diario, las prisas, otros distractores y un amplio etc., es uno de los pocos espacios que le quedan a la gente para leer. Algunas lecturas de metro este fin de semana:
Cuentos completos de Isaac Asimov
La dieta de Montignac: coma por placer y manténgase delgado de Michel Montignac
Historias insólitas de los mundiales de Luciano Wernicke
Caballo de Troya de J. J. Benítez
Revista Cosmopólitan
Todos estos fueron lectores tradicionales, aún son pocos los lectores en pantalla; sin embargo, cada vez hay más lectores utilizando sus iPads, teléfonos celulares, y sí, uno que otro con su e-reader dedicado.
Como bien lo indica Piotr Kowalczyk en Ebook Friendly, en el terreno de las infografías está surgiendo una nueva forma de visualizar la información: las tablas periódicas sobre un tema específico. Pues sí, quizá Dmitri Medeléyev nunca imaginó que la tabla periódica que publicó a finales del siglo XIX y que le valdría en 1955 que el elemento 101 llevara su nombre (adivinaron, el Mendelevio), algún día se convertiría también en una forma de condensar y hacer comprensibles elementos básicos sobre un tema determinado más allá de la química.
La literatura se ha convertido en un buen ejemplo de uso de las tablas periódicas, como bien nos muestran en eBook Friendly con la publicación de 10 tablas periódicas relacionadas con la literatura; pero además, recientemente encontré una tabla periódica de la tipografía que, he de confesar, la tengo como fondo de pantalla de mi computadora :), y ha sido mi primer acercamiento más que afortunado a este tipo de “infografías.”
En fin, como les decía, las ciencias duras y la literatura están haciendo buena “química”, así que si se sienten un poquito nerds quizá les interese saber que muchas de ellas están a la venta en Amazon y tiendas en línea similares para colgarlas en sus muros (los reales, no los de Facebook). Les dejo con la tabla periódica de la literatura universal que tengo en la mira y también con la de la tipografía que ya les había platicado.
Imagen vía Ebook FriendlyImagen vía Quora
Pues ya está, si a sus casas llenas de libros les hace falta algo, ahí tienen dos buenas opciones para el toque final a la decoración literaria.
En lo personal, nunca he sido partidaria de un formato de lectura o de otro. Que los libros impresos son mejores que los electrónicos o que los electrónicos van a destruir a los impresos y argumentos similares me parecen un tanto ociosos en una época en la cual debemos prestar atención a la lectura misma y a las distintas oportunidades (nunca antes vistas) que tenemos para hacerlo: tabletas, computadoras, impresos, impresos bajo demanda, libros por suscripción, libros electrónicos, cómics, dispositivos celulares, libros interactivos impresos y electrónicos y un amplio etcétera. Por ello ya se habrán dado cuenta que no me encantan esas campañas en las que, en un afán porque la gente lea y por ensalzar los beneficios de la lectura, ponen virtudes o defectos al formato opuesto; sin embargo, he de aceptar que me ha parecido ingeniosa Desconéctate con un libro (Unplug with a book), una campaña creada por Anti, una agencia de publicidad, para la Librerías Norlis donde invitan al usuario a desconectarse de las redes sociales y la tecnología para leer un libro.
Lo que encuentro ingenioso y precisamente lo que me llamó la atención de esta campaña es que las portadas de los libros están acomodadas de tal manera que los títulos forman oraciones donde nos piden pasar más tiempo leyendo en lugar de viendo una pantalla. Además del acomodo de los libros, el juego de palabras de Desconexión es interesante: desconexión literal y metafórica, ya saben un llamado a desconectarse literalmente de las pantallas para desconectarnos con un libro, por aquello de que a veces, mientras leemos, nos olvidamos de lo que sucede a nuestro alrededor.
Quizá olviden los de Anti y Librerías Norlis es que esas pantallas también pueden hacer que personas que antes no leían, ahora lo estén haciendo; y también que a pesar de que el libro en una pantalla se enfrenta de tú a tú con otras formas de entretenimiento (distractores para muchos), quizá nunca antes habían estado entre las distintas opciones para muchos “no-lectores.”
Y ya que estamos en esas, yo los invito también a desconectarse con un libro o revista o cómic o blog o lo que quieran sin importar en que formato lo hagan.
– Qué curioso que preguntes eso. Sí, sobrino, hay libros malos, malísimos. No me refiero a los libros mal hechos o ridículos, los tristes libros escritos por una persona que sufrió sin que eso fuera útil, los libros hechos por idiotas que sólo querían ser famosos. No, me refiero a libros que hacen daño y atacan a otros libros. No es fácil reconocerlos porque son astutos y esconden su verdadero mensaje. Si los lees, e pueden parecer agradables, pero hacen que olvides lo que dicen otros libros. Los grandes lectores no se dejan engañar, pero a veces hasta ellos aceptan ese veneno, hecho de olvido y malas intenciones…
– Juan Villoro, El libro Salvaje.
El libro salvaje no es, afortunadamente, uno de esos libros. Por el contrario, un libro para niños que puede disfrutar cualquier adulto.
Querido lector, lectora, ruego no se confunda ya que esta entrega del glosario bibliotecológico nada tiene que ver con libros de autoayuda sobre desórdenes alimenticios o con la grandeza de la lectura, y aunque sí tiene que ver con lectura, no tiene que ver con lectura en el sentido que generalmente se maneja en este blog, es decir, sí, pero no, pero sí.
En fin, para evitar más desvaríos y digresiones les explico, este post tiene que ver con el bonito y apasionante arte de la tipografía y al hablar de la letra, por ende, debiera tener mucho que ver con nuestro quehacer bibliotecario, digo, al menos para tener tema de conversación, ¡je!
Comencemos:
Resulta pues que en la vieja tradición tipográfica –mucho antes del siglo XX y de la llegada de las computadoras con sus trucos para utilizar distintas fuentes e incluso cambiar los tamaños de las mismas–, cada uno e estos tamaños recibía un nombre relacionado con el uso que se les daba en diferentes texto, por ejemplo, el tamaño óptimo para un diario, tenía un nombre específico que era muy distinto del utilizado para un folletín. Así, durante siglos los tipógrafos hablaban de nomparela, miñona, filosofía, breviaro, atanasia, burguesa, misal y un amplio y poético etcétera.
Y es así que llegamos a la Lectura Gorda y a la Lectura Chica que, como podrá imaginar eran los nombres de los tamaños utilizados para leer libros. Pero el origen de estos cuerpos resulta harto interesantes: en 1476 (¡cuando la imprenta se encontraba en pañales!) las Epistolæ ad familiares de Cicerón fue impresa en Subiaco (pueblo de Roma) por dos alemanes Sweynheym y Pannartz utilizando estos tamaños, equivalentes a los cuerpos 11 y 12 actuales. Si bien es cierto que 11 y 12 puntos para la época eran tamaños muy difíciles de tallar por lo pequeño, lo cierto es que resultaban legibles y permitían además un mayor rendimiento (más texto en menos páginas), por lo cual pronto encontraron sus fervientes partidarios y, con el paso del tiempo la Lectura Chica y la Lectura Gorda se afianzaron como los tamaños destinados a la lectura de libros, antes dominada por “letrotas.” Por cierto, que la Lectura Gorda también era conocida como Cícero o simplemente Lectura.
Una de las grandes pérdidas de la tipografía, en cierta medida debido a la llegada de las computadoras, fue que estos nombres tan poéticos que designaban a los distintos tamaños comenzaron a identificarse con medidas, conocidas como puntos o “cuerpo”: cuerpo 11, cuerpo 12, etc. Aunque, en honor a la verdad, las computadoras no son las totales responsables de este cambio de nombre. Al menos durante dos siglos los impresores intentaron llegar a un estándar en los tamaños, que aunque tenían sus nombres poéticos y reconocidos por todos, no siempre coincidían, lo cual resultaba todo un problema si se importaban tipos de un país a otro.
Fue hasta principios del siglo XIX que el impresor francés Firmin Didot se dio a la tarea de estandarizar los diferentes tipos móviles utilizados en Europa. De hecho, a Didot se le conoce como el creador de las familias tipográficas modernas, pero también es reconocido por dar su nombre a dos medidas ampliamente utilizadas en la actualidad: el punto Didot y la Pica, ésta última conocida en español como Lectura Gorda.
Ya para finalizar con algunas relaciones interesantes: la Lectura Gorda en inglés se conocía como Pica o Cícero, nombre utilizado también en alemán, francés y en algunos casos en español; a la Pica se le llamaba Mediaan en Holandés y Lettura en italiano. La Lectura chica, por su parte, se conocía como Small Pica en inglés, Philosophie en francés, Brevier en alemán, Descencian en Holandés y Filosofia en italiano.
* Imagen tomada de Lectura: el diseño de una familia tipográfica. Imagen original de Manuel typographique de Fournier (1764).
Fuente:
BUEN UNNA, Jorge ; Garone Gravier, Marina y Vázquez Conde, Leonardo. Lectura: el diseño de una familia tipográfica. México : Artes de México, 2011.
UNGER, Gerdard. ¿Qué ocurre mientras lees? : tipografía y legibilidad. España : Campgrafic, 2009.