Como prometido, hoy comienza una serie de posts de mis invitados al festejo por el aniversario 18 de uvejota.com. Se trata de entradas escritas por amigas, amigos, amigues y colegas que muy generosamente han aceptado ser parte de estos 18 años.
Toca el turno pues a mi querido Cristian Maturana, Coordinador de Innovación y Tecnología en la Biblioteca de Santiago, allá en el bonito Chile.
Cristian es, como la mayoría de mis invitados, un encuentro fortuito y a la vez afortunado de las redes sociales y el blog. Si no mal recuerdo, ya nos seguíamos en X (otrora Twitter cuando era una red con una propuesta interesante) cuando viajé por primera vez a Chile al VII Encuentro Nacional BiblioRedes.
Hemos coincidido en otras ocasiones en Chile y México, y siempre hay algo interesante que platicar y desmenuzar sobre bibliotecas, la Biblioteca de Santiago, las pantallas, la tecnología, la comunidad…
El post que nos regala en el blog es muestra de ello: en una época donde todo parece ser IA, Cristian nos invita a detenernos un poco, a defender lo humano; no se trata de un artículo apocalíptico y de rechazo hacia la tecnología, sino una reflexión a entender que no lo es todo, que detrás de esa tecnología debe primar el humano y también el valor de la biblioteca en ese proceso.
Este post es particularmente importante porque Cristian trabaja diario con la tecnología, ve sus fallas y su potencial; y con esa cercanía con la que la ha trabajado, sabe tomar su distancia para hacer esta defensa.
Podría seguir, pero lo importante es mi invitado del día de hoy. Cristian, mil gracias por aceptar ser parte del festejo, no sabes lo que me emociona tenerte por acá con este artículo tan necesario.
¡Ahora sí, que comience el festejo!

Que no se malentienda el tono de este texto: estas palabras no nacen del miedo al futuro ni de una rabia reaccionaria contra la tecnología. Nacen de una convicción política y de un amor profundo por esa chispa irreemplazable que se enciende únicamente cuando dos personas se encuentran cara a cara.
Convivo a diario con la Inteligencia Artificial. La estudio, aprendo de ella y la pongo a prueba constantemente para diseñar y organizar tareas en la biblioteca. Y es precisamente porque conozco sus límites, veo sus códigos y sus sesgos de cerca, que confirmo algo urgente: la tecnología no hace magia. Es imperativo bajarla del pedestal, arrebatarle ese halo de misterio intocable y ponerla estrictamente al servicio de lo que de verdad importa: las necesidades de nuestras comunidades.
El espejismo de las pantallas y la realidad del territorio
El problema estructural no reside en la herramienta en sí, sino en la peligrosa ilusión de que una pantalla nos va a salvar. Constantemente, desde los grandes centros tecnológicos del Norte, nos intentan convencer de que un programa de computadora o un modelo de lenguaje va a resolver nuestras fracturas sociales a punta de estadísticas y probabilidades matemáticas. Nos venden soluciones asépticas, empaquetadas en servidores lejanos, que no conocen nuestras calles, que ignoran la geografía de nuestros territorios y que jamás entenderán la cadencia con la que hablamos.
Frente a esa máquina estandarizadora que pretende procesarnos a todxs por igual, nosotrxs tenemos el deber de levantar —con orgullo, rebeldía y mucha ternura— nuestra Inteligencia Artesanal.
El valor incalculable de lo hecho a mano
¿Qué significa exactamente esta Inteligencia Artesanal para quienes habitamos las bibliotecas públicas? Son los saberes acumulados, las relaciones forjadas con otrxs. Es el oficio hecho a mano, diseñado a medida y ejecutado con el corazón puesto en la comunidad.
Un artesano no le teme a las herramientas que puedan facilitar su hacer, pero jamás permite que la herramienta determine la forma de su obra. Conoce íntimamente la madera que talla, el barro que moldea y respeta las grietas de su material. Nosotrxs, desde las bibliotecas, aplicamos la misma lógica: tomamos esa imponente Inteligencia Artificial y la reducimos a su justa proporción, convirtiéndola en un simple martillo, en un compás o en una regla, que nos facilita el camino para cumplir con nuestros objetivos.
- A la máquina le delegamos la carga mecánica: Permitimos que el algoritmo se encargue de la fricción administrativa, de migrar los datos, de ordenar las interminables listas y de procesar la estadística.
- Al humano le reservamos lo esencial: Automatizamos los procesos para proteger nuestro tiempo. Lo hacemos para mantener las manos y el alma absolutamente libres para aquello que ninguna red neuronal podrá emular jamás: sostener la mirada de otra/o, escuchar con calma genuina y abrazar a nuestra comunidad cuando el entorno se vuelve hostil.
Nuestra plaza pública
Es aquí donde debemos volcar la mirada hacia el espacio que defendemos: nuestras bibliotecas públicas.
A veces el mercado nos quiere convencer de que el valor de una biblioteca se mide por el volumen de información que almacena. Si esa premisa fuera cierta, los motores de búsqueda ya nos habrían vuelto obsoletos hace décadas. Pero nuestras bibliotecas, especialmente aquí en el Sur, en esta Abya-Yala donde salir adelante es un acto de resistencia diaria, nunca han operado como simples bodegas de papel y tinta.
Son, por definición, nuestra plaza pública. Constituyen ese refugio vital donde nos congregamos cuando afuera arrecia el frío; y no hablo exclusivamente del clima, sino del frío paralizante de la soledad, de la desigualdad estructural o del abandono institucional. Es en el interior de la biblioteca donde ese tejido social, que el sistema rasga constantemente, se vuelve a zurcir con paciencia y dedicación.
Leemos personas, no solo colecciones
Es en la trinchera del día a día donde la Inteligencia Artesanal cobra vida a través de cada trabajador y trabajadora de la biblioteca. Nuestro trabajo trasciende la gestión de catálogos; nosotros fomentamos la lectura crítica del mundo:
- El abrazo invisible: Una supercomputadora puede cruzar variables y recomendarte el libro perfecto en una fracción de segundo. Pero esa máquina es ciega ante los ojos cansados de la señora María, que cruzó la puerta hoy no para buscar una novela, sino buscando una excusa desesperada para que alguien le dijera “buenos días” y le aliviara, aunque sea por un rato, el peso de su soledad.
- El lugar seguro: El algoritmo más avanzado es incapaz de decodificar la angustia del adolescente que entra corriendo, escapando de la violencia de la calle, buscando en las páginas de un cómic o en el rincón de un taller un santuario donde por fin pueda sentirse a salvo, respetado y escuchado.
Nosotrxs, lxs artesanxs de la información y el encuentro, leemos el contexto social, no solo el texto impreso. Nuestra inteligencia profesional se amasa prestando oreja, reconociendo las necesidades vecinales y apoyando las iniciativas barriales cuando las crisis golpean. Nuestro oficio definitivo no es conectar a un usuario con un dato frío; nuestra misión es conectar a un ser humano con el pensamiento crítico, con la restitución de sus derechos y con un otro que lo espera.
No soltemos el hilo
Hoy, más que en ninguna otra época, tenemos la obligación de defender el valor humano de nuestro oficio. No permitamos bajo ninguna circunstancia que la inercia tecnológica nos convierta en simples operadores de botones frente a interfaces sin rostro.
Apropiémonos de la tecnología y dominémosla con audacia. Usémosla a nuestro favor para facilitar la gestión, por supuesto, pero mantengamos siempre las manos manchadas con la tierra viva de nuestro territorio. Debemos tener la sabiduría para discernir cuándo es estratégicamente útil encender una pantalla y cuándo la única acción que verdaderamente sana es hacer un silencio respetuoso, servir un vaso de agua y leer un cuento en voz alta.
No nos dejemos encandilar por las promesas vacías de las corporaciones tecnológicas. La verdadera vanguardia en este siglo es tener la valentía política de poner a las personas en el centro absoluto de toda decisión. Defendamos nuestra Inteligencia Artesanal: esa inteligencia que se permite dudar, que respeta la diferencia, que ríe a carcajadas, que llora y que tiene el coraje de mirar a las personas directamente a la cara.
Porque al final del día, cuando se apagan los monitores y se cierran las puertas, lo que realmente sostiene a nuestras bibliotecas de pie y nos mantiene unidxs como sociedad no son los cables de fibra óptica, sino los hilos invisibles, profundamente recios y porfiadamente humanos de nuestro amor por la comunidad.

Cristian Maturana, Coordinador de Innovación y Tecnología en la Biblioteca de Santiago