Yo estoy feliz por las, los y les invitades a celebrar en el blog. Personas generosísimas que se han dado el tiempo y las ganas para escribir y compartir acá sus piensos sobre las bibliotecas, los libros, la lectura, la tecnología. Me siento afortunada y creo que ustedes, quienes vienen a leer también.
Hoy le doy la bienvenida a mi querida Áurea Xaydé Esquivel Flores, Maestra en Letras Modernas con Mención Honorífica por la Universidad Iberoamericana, especializada en narrativas gráficas (cómic y manga).
Tuve la fortuna de coincidir por primera vez con Áurea en la Biblioteca Vasconcelos y de ahí he tenido oportunidad de seguir su trabajo. Actualmente es bibliotecaria responsable en la Biblioteca Alaíde Foppa, perteneciente al Centro Cultural Universitario Tlatelolco de la UNAM. Ha hecho un trabajo magnífico allá al grado de que la Alaíde Foppa se ha convertido en un referente de biblioteca comunitaria. Destaca además que esta biblioteca es la primera comunitaria de la UNAM.
No puedo más que decir que me gusta su trabajo, me gusta su compromiso con las bibliotecas (que ya quisiera ver en muches colegas de formación), las narrativas gráficas, las niñas, los niños, me encanta su compromiso con el mundo. Este post es una muestra de lo mucho que le importa la biblioteca, el otro y de cómo lo piensa y lo procura a diario desde la biblioteca. Yo me siento privilegiada de poder conversar con ella de rato en rato y desmenuzar lo que nos preocupa y ocupa de las bibliotecas.
Áurea querida, mil gracias por aceptar ser parte de. Valoro mucho el tiempo no sólo para escribir, sino también para ilustrar tus piensos y regalárnoslos.
¡Bienvenida!
Gestos Bibliotecarios
Desde que era chiquita, mis papás siempre se aseguraron de que la biblioteca familiar tuviera todo lo que necesitaba en diferentes etapas de mi vida. Me imagino que esa pudo ser una razón por la cual nunca sentí la necesidad de habitar a conciencia otras bibliotecas, ya fueran escolares o públicas (salvo algunas excepciones). La verdad es que eso pasó hasta mi adultez en la Biblioteca Central y la Vasconcelos, donde comencé a sentirme diferente, como si sí pudiera pertenecer a algún lugar después de todo.
En fin, por azares del destino, contribuí con el nacimiento de un nuevo tipo de biblioteca en la UNAM y, poco después, me ofrecieron la oportunidad de dirigirla. De eso hace ya casi ocho años (y contando).
Estando al frente de la “Alaíde Foppa” he aprendido y me he equivocado muchísimo sobre libros, sobre gente y sobre qué papel tengo yo ahí en medio. Si bien me enorgullece nuestro acervo y las actividades de nuestro Programa Público, creo que el aprendizaje que más atesoro es el de una mirada e intuición agudas que me permitieran leer y transmitir gestos para conectar con las personas y hacerlas sentir a salvo.
Y es que no olvido la impresión que me causó haber leído un texto en una revista para bibliotecarixs (cuando apenas empezaba yo en estos menesteres) donde se presentaba una especie de decálogo de acciones y actitudes deseables al momento de atender públicos. Uno de los puntos, no les miento, era sonreírle a la gente para causar una buena impresión. “¡¿Khéeeeeeee?!”, grité para mis adentros. “¿No es obvio que hay que sonreírle a la gente para hacerla sentir bien?, ¿tiene que venir por escrito para que se tome en cuenta?”. Ahí entendí que no, no era obvio.
Cuando uno como persona neurodivergente se encuentra con que en realidad no ha terminado de entender las reglas del mundo neurotípico después de toda una vida intentándolo, uno siente que enloquece. Pero ya que pasó la crisis y con base en muchas conversaciones y lecturas, sólo quedó seguir el instinto (porque no entenderé muchas cosas de la gente, ¡pero que el diablo me lleve si no entiendo cuando alguien necesita ayuda, incluso si no lo dice!).
Si ser bibliotecarix es dedicarse a servir a las personas, lo más lógico es que se tenga que ejercitar una sensibilidad especial para detectar lo que la gente puede necesitar y estar listxs para atenderla, ¿cierto? Digo, no por nada es legendaria la capacidad de lxs bibliotecarixs para ubicar materiales aun con las indicaciones más vagas y confusas de la existencia; no obstante, creo que trabajar en una pequeña biblioteca comunitaria hace que los gestos más diminutos se vuelvan enormes y sonoros, aun si no tienen que ver con libros.
Así, uno se vuelve más consciente de la temperatura:

Uno desarrolla una vista más aguda y sentido de la discreción:

Uno se da cuenta de que la gente se adapta a lo que hay para no molestar:

Uno considera que, al tener poco espacio, es necesario avisar cuando algo va a pasar:

Uno aprende a gritar discretamente para adentro antes de interactuar con usuarixs pintorescxs:

Uno ejercita un ojo avisor sobre las criaturas, porque mientras estén en nuestro espacio, también somos responsables de su cuidado aunque ni nos registren en su radar:

Uno reconoce los huecos en las miradas y discursos de lxs jóvenes y entiende que los libros infantiles a veces pegan más cuando te los leen con la misma ternura en la adolescencia o la adultez, o sea, cuando ya nadie quiere cuidarte:

Uno recuerda que la vida está muy perra allá afuera y que los sillones, la música y la tranquilidad pueden permitir que la gente se relaje, voluntaria o involuntariamente:

Y uno aprende también que hay gentes lacras que desacomodan los materiales para ocultar lo que se llevan, pero como “ojo de loca no se equivoca”, uno se da cuenta:

Y a pesar de los ocasionales enojos y frustraciones de lidiar con lo humano en su máxima y confusa expresión, sé que en la biblioteca aprendí a amar a la gente. Allá adentro puedo explorar la naturaleza divina de lo pequeño, lo efímero, lo invisible que, amontonadito y apretujado en los intersticios de las horas, sirven de argamasa para los bloques de lo importante en el día de una persona, tal como lo decía Rubén Bonifaz Nuño en El manto y la corona:
[...]
Todo está bien ahora. Firme
Como de piedra sobre piedra, el mundo.
Responsable en tu paz, te sientes
ligada, libre, solidaria.
Comprendes la desdicha,
amas la dicha humilde de las gentes.
[...]
Todo están en orden; cada cosa
arreglada a su fin. Tan necesario
es tu mínimo gesto, como el acto
de antreabrir una puerta.
[...]
Áurea Xaydé Esquivel Flores
Biblioteca Alaíde Foppa