Ustedes disculparán el retraso en la mención y el festejo, y es que a veces las agendas mentales no funcionan como una quisiera. Pero para reivindicarme, qué mejor forma que hacerlo con una lectura que tiene que ver precisamente con bibliotecas, así que les comparto Cuentos de la Bibliotecaria un libro de Francisco Garzón Céspedes publicado a manera de festejo del 24 de octubre y que me hizo llegar vía e-mail Guadalupe Flores Alatorre, a quien debo agradecer infinitamente el compartirme esta lectura.
Y bueno, lo busqué y lo busqué por la red, pero no lo he localizado, así que, dado que se permite la publicación en medios digitales y citando la fuente, me permito colgarlo acá para que lo descarguen, lo distribuyan (que también se permite sólo a través del correo electrónico) y, claro, lo lean. Las bibliotecas pueden incluirlo en su acervo para consulta en sala y, lo único que no pueden hacer es imprimirlo sin autorización previa de la editorial (¡además seamos también conscientes con los árboles!)
Así que, aunque con retraso, feliz Día Internacional de las Bibliotecas, ¡a leer se ha dicho!
Hace un par de días, en el post Libro electrónico o libro impreso, ¿cuál es más barato? les hablaba de un comparativo de precios entre los libros en diferentes formatos: papel, ePub, Kindle, iBooks; curiosamente aunque mucho se ha discutido que el costo del libro electrónico debe o debería ser menor que el del impreso: sin embargo, en la práctica las cosas son bien distintas y siempre resultará un poco complicado determinar el valor de un libro.
Y todo esto viene a colación porque, a pesar de que últimamente mucho hablemos del libro y también hablemos del supuesto bajo costo del libro electrónico; parece que olvidamos cuestionarnos sobre el valor de un libro impreso. No hablo del valor del libro-contenido, porque ese es incalculable dependiendo del lector y la lectura que se haga del mismo; sino del valor del libro entendido como objeto.
Es por todos sabido que los bibliófilos y coleccionistas gastan grandes cantidades de dinero en ediciones raras y de lujo; pero los lectores de a diario a veces también gastamos mucho para enriquecer nuestras colecciones personales.
Les comento esto porque hace algunas semanas, mientras recorría los estantes de una librería, encontré dos ediciones de El Psicoanalista, de John Katzenbach; la primera, es la edición en tapa dura de Ediciones B y la Edición Rústica de Librinos. En aquel entonces me sorprendió mucho ver que la edición rústica de Librinos era más cara que la de tapa dura, la diferencia era al menos de MX$70. De eso hace ya al menos un par de semanas y los precios se ha invertido y vuelto a los costos “normales” de una edición rústica frente a una de tapa dura (Librinos de Ediciones B, MX$200; Ediciones B, MX$260).
Esto me deja reflexionando sobre el valor del libro-objeto y lo que invertimos en un libro que muchas veces no presenta la mejor edición. Me explico, aunque a muchos tenga vueltos locos las ediciones de Librinos, y aunque quizá el formato permitiría una lectura más cómoda, la tipografía y el papel dejan mucho que desear, si a esto le agregamos que es una edición de bolsillo, no hay motivo para que ésta fuera en algún momento más cara que la de ediciones B y siga siendo más cara frente a otras ediciones que también son de bolsillo y que tienen un costo de MX$165.
Mucho nos quejamos de los precios de los libros; sin embargo, ¿que nos lleva a decantarnos por una edición rústica que es más cara que otra que también es rústica? desde luego la edición “bonita”—o mejor dicho “curiosa” para hacer honor a la verdad—, es decir, nos estamos decantando por el libro como objeto.
A su vez, esto me lleva también a pensar no sólo en los lectores y consumidores, sino en los que hacen los libros (no hablo de escritores, sino las editoriales); ¿quién determina el valor de un libro? y ¿con base en qué?
En México, desde hace más de un año los responsables de establecer el precio del libro son los editores o importadores. Como parte de la Ley de fomento para la lectura y el libro, (aprobada el 26 de abril de 2006), se publicó el 23 de abril de 2010 la “Ley de Precio Único del Libro” misma que fue ratificada el 1 de septiembre de 2011 por el Pleno de la Suprema Corte de Justicia de la Nación (máxima instancia de impartición de justicia en México) cuando Walmart se quiso amparar para no acatarla, dicha ley obliga al “_… establecimiento de un precio fijo de venta al público para el libro, a cargo del editor o importador_” , este precio único tendrá una duración de dos años y se supone, beneficiará a los lectores y promoverá la lectura.
Queda sin resolverse la pregunta ¿con base en qué se establece determinado precio para un libro? es claro que Katzenbach es un top de ventas (sobrevalorado, diría yo) y puede que por ahí encontremos una pista: los bestsellers venden más, pero ¿eso es determinante para que un libro valga más?
¿Cuál es el verdadero valor de un libro? ¿cuánto deberíamos pagar? ¿estamos pagando por el contenido o por la edición?
Para los que creen que el tema de la promoción literaria es algo cuadrado y con dejos de “intelectualidad”, para los que creen que hablar de lectura es sólo hablar de libros impresos, para los que piensan que la experiencia de la lectura se limita al olor del libro y al tacto de las páginas, para los que crean que lectura es hablar de clásicos literarios, para los que piensen que un lector se mide por el número de libros (y sólo impresos) que lee en un año, para los que creen que amar a los libros se traduce en estantes de libros empolvados en casa; para todos estos vale que contemplen que cualquier lugar y momento puede ser oportuno y, nos guste o no, hablar de literatura no es sólo hablar de Homero y/o de Cervantes. En materia de promoción lectora, algo tan mundano como un baño puede ser tan útil como el club literario o la biblioteca más cercana, siempre y cuando el tema sea de interés para el lector potencial. Eso es precisamente lo que no debemos perder de vista: los intereses y necesidades de información a la que atendemos diariamente.
Para muestra un ejemplo: algunos ya habrán visto que la cadena de tiendas y restaurantes Sanborns tienen lo que ellos llaman el Círculo Sanborns con el que pretenden promover la lectura ofreciendo diferentes beneficios a los clientes de su departamento de Libros: descuentos, puntos acumulables, promociones especiales, encuentros con escritores y firmas de ejemplares, ventas adelantadas, etc.
No se si creerle a Sanborns que pretenden promover la lectura y para mi resulta claro que lo que buscan es vender más, pero eso no es lo que debe preocuparnos realmente y tampoco vale la pena cuestionarlos en este sentido, lo que sí vale la pena es prestar atención uno de los aspectos que no se mencionan en su web: los carteles de reseñas literarias que están colocando en las puertas de los sanitarios.
Y es que para nadie es novedad que el baño, junto con el transporte público, son lugares estratégicos para que la gente lea; no es gratuito que existan libros impresos en el papel higiénico, para matar dos pájaros de un tiro resulta ideal. Esto no lo ha perdido de vista la gente de marketing de Sanborns y muy amablemente nos han puesto en las puertas de los baños las reseñas literarias y contraportadas de los lanzamientos más recientes, algunos libros más interesantes que otros, algunos con más valor que otro, pero es claro que todos estos carteles son leídos.
A mi al menos me han funcionado bastante y logran atraparme cuando no tengo nada mejor que hacer (aunque esto se esté poniendo muy escatológico), es innegable que logran interesar a las personas, muchas de las cuales quizá no sean lectores habituales, pero ante invitaciones tan obvias y sin mayores opciones al alcance no hay más remedio que leer. Quizá el libro que desata la discusión literaria en el baño y que ilustra este post no sea un tema de mi agrado y tampoco me parezca valioso como material de lectura, pero vuelvo a lo mismo, los intereses son tan variados que, dando en el clavo podemos lograr que cualquiera lea.
Y lo más interesante es que la gente está leyendo y participando en un espacio que quizá no sea el esperado o el ideal (¿según quién?) para estos menesteres, pero es un hecho que hay respuesta, la gente aporta sus acuerdos o desacuerdos, dicen sí o no, se enojan, se alegran y quizá alguno de ellos termine adquiriendo el libro y, lo que es mejor, termine leyéndolo. Estoy segura que muchas bibliotecas desearían que sus clubes de lectura tuvieran igual respuesta.
Este es sin duda otro buen ejemplo para hablar de promoción lectora donde vale más hablar de lectura dando que leer, que decirle a la gente leer es bueno y creer que con eso los convertiremos en lectores. Así que no está de más probar a poner algunos pasajes literarios en los baños de nuestras bibliotecas o en las mesas de la sala de lectura.
Por cierto, el libro que desata este debate literario escatológico es Por qué es Santo de Slawomir Oder.
Porque si la lectura de un buen libro te agarra por el pescuezo y no puedes parar, la medicina es absolutamente alienante: una vez que lees el primer libro te das cuenta de que no sabes un carajo y que tienes que leer sobre la cosa médica todos los días del resto de tus días para ser medianamente bueno como profesional. ¡Cosa más grande en la vida!
Haroldo Martínez. La paradoja de la sabiduría
Dice la RAE de la alopatía: “Terapéutica cuyos medicamentos producen en el estado sano fenómenos diferentes de los que caracterizan las enfermedades en que se emplean.”
Así es la lectura para las enfermedades del “conocimiento”, cual medicina alópata que te cura de un malestar, creando otros o desarrollando otras dolencias, en este caso, la enfermedad de seguir leyendo. Aunque no estoy tan segura de que la mejor opción sea una literatura homeópata y curarse por completo de ese mal.
Hace un par de meses adquirí The wise man’s fear: the kingkiller chronicles: day two, segunda parte de El nombre del viento de Patrick Rothfuss. Como lo he dicho en todos lados, no pude esperarme a la traducción al español y por ello, decidí leerlo en digital y en inglés; aunque en realidad no tengo ningún problema ni con el idioma, ni con el formato, debo admitir que como dice el autor mientras explicaba el porqué toma tanto tiempo traducir uno de sus libros: su libro “_es una patada en el trasero_” y ahora veo que seguramente el traductor responsable de llevarla a otro idioma (español o cualquier otro de los 30 en que será traducido este libro) sí que tiene un verdadero reto en sus manos; al principio me costó comenzar a leerla, pero creo que el leer la primera parte me ha ayudado mucho a agarrarle el hilo rápidamente a la segunda parte.
Pero bueno, que el propósito de este post no es hablarles del idioma en que lo estoy leyendo, sino de la parte del formato y la de posibilidades que se presentan al momento de leer en pantalla. Esta segunda parte la compré en Kobobooks, Kobo es una empresa que al igual que Amazon, vende el dispositivo de lectura mejor conocido por todos como Kobo, pero también proporciona a los usuarios que no cuentan uno la oportunidad de leer en distintas aplicaciones de lectura: para iPad, iPod, iPhone, Blacberry, tabletas y celulares con Android, Palm, Mac y PC. Al leer esto cualquiera argumentará que Amazon está haciendo lo mismo con su Kindle y sus respectivas aplicaciones para distintos dispositivos, así que también podemos pensar que esto no significa gran competencia para los Sres. de Amazon e incluso al mismo iBooks (la aplicación de lectura para iPad/iPod/iPhone de Apple); sin embargo, y aquí está la parte interesante, Kobo está compitiendo con precio y con la lectura social, y lo hace bastante bien.
Cuando decidí que no quería esperar a que llegara la traducción a México de The wise man’s fear, era obvio que la lectura sería en formato electrónico, así que mi primera opción fue buscarlo en iBooks y la sorpresa bastante desagradable es que la iBookStore para México es realmente escueta, lo único que encuentras son clásicos y, para eso, ya tengo mi siempre favorito Proyecto Gutenberg. La segunda opción fue desde luego comprarlo para el Kindle donde lo encontré a USD$15.49; busqué otras opciones como los catálogos que ofrece Stanza, pero ninguno de ellos me convenció ya fuera por el precio o por la falta de venta para México; antes de darle al botón de “Comprar” en Kindle pensé que ya que tenía también Kobo para iPad, valdría la pena buscarlo y resulta que sí, también lo vendían pero a un precio considerablemente más atractivo que en Amazon: USD$9.99, como anda la economía encontrarte algo USD$5.50 (MX$59.00 al tipo de cambio) más barato lo convierte en el vencedor.
Pero aquí llega la parte donde Kobo se vuelve realmente interesante a la hora de leer y es lo que ellos llaman The Reading Life o lo que es lo mismo, la famosaLectura social que es tan famosa hoy en día gracias al desarrollo de la lectura en pantalla: Kindle, Stanza, Kobo y más permitían hasta hace unos meses compartir partes de lectura en Facebook y Twitter; pero el concepto de lectura social tampoco ha dejado de desarrollarse; Kindle por ejemplo, recientemente lanzó su red social de usuarios de Kindle y también permite prestar libros entre usuarios del Kindle o bien a través de las bibliotecas (por ahora servicios disponibles sólo en Estados Unidos);Readum, extensión para Firefox y Chrome, es también otro ejemplo de lectura social que permite a los lectores de Google Books compartir pasajes de sus lecturas en Facebook o Twitter.
Aunque mención especial merece Kobo con lo que está haciendo en materia de lectura socia pues, permite a sus usuarios y lectores:
Conectar su Reading Life con sus contactos en Facebook.
Descubrir y compartir citas de lectura, cosa que no es nueva; pero también, lugares.
Ganar premios o menciones por leer en Kobo, lo que ellos llaman “Celebrate Reading”.
Tener estadísticas de tus lecturas: horas leídas, páginas leídas, porcentajes de libros, revistas, periódicos leídos. Páginas leídas por sesión, páginas leídas por hora, horarios de lectura, etc. Algo así como los hábitos de lectura en números.
Es una apuesta interesante de Kobo. Si he de ser honesta, al principio no me interesaban mucho estos porcentajes, pero ya que los tienes no puedes dejar de engancharte con tus propios números a la hora de leer. La parte que quizá no me gusta tanto son los premios o awards, aunque he de reconocer que son divertidos los nombres, entre los que yo me he ganado están el Once upon a time y el I eat books for lunch. En este aspecto sería más interesante poder ganar puntos que pudieran canjearse por libros, aunque creo que eso ya sería mucho pedir.
En resumen, he disfrutado mucho mi lectura de The wise man’s fear, el libro mismo ya es de por sí una delicia; pero también por el formato en que estoy leyendo, por las “monerías” como compartir pasajes y por las estadísticas. Creo que si eres lector, esto puede resultarte burdo o divertido en el mejor de los casos; pero es se convierte sin duda alguna en interesante cuando intentas conectar a alguien con la lectura.
El día de ayer dos contactos en twitter me compartían (¡gracias!) este video sobre la campaña Metro Libro que Librerías Gandhi con apoyo del Sistema de Transporte Colectivo Metro está haciendo a manera de promoción de lectura a través de El puente de Franz Kafka. Esta campaña resulta eficaz por su simplicidad: ponerles lectura al alcance de la mano, creando expectativa y utilizando una vez más el sistema de transporte colectivo metro, un espacio que ha demostrado ser ideal para que los usuarios se pongan a leer.
Creo que a estas alturas ponerse a hablar de estudios, de porcentajes y de libros por año es una necedad, escandalizarse es todavía más necio (si esto es posible); los resultados los conocemos y no han cambiado mucho en años y, nos guste o no, no van a cambiar en tanto se siga considerando que lectura es sólo la que hay en los libros y, exclusivamente, en los libros impresos, los que por cierto parece que sólo pueden disfrutarse en tanto desprenda un olor y se puedan tocar las hojas. La lectura va más allá, hay multi-lecturas, en multiformatos y con multiplicidad de lectores; la lectura no es sólo hablar del libro impreso, las revistas, los libros electrónicos, los blogs, las historietas y más, como los microrrelatos en twitter, también son lectura, aunque no sea tan sencillo ni práctico contabilizar en números cerrados como sucede con el libro impreso. Si en realidad se quiere crear el tan ansiado “país de lectores” no vale escandalizarse porque el alumno de nivel universitario sólo lee 4 libros por año, vale más ir al origen: ¿se está leyendo en casa? ¿las y los maestros están leyendo? Antes que preguntar cuánto, debe preguntarse si se está haciendo.
Y así como no valen los estudios cuantitativos, tampoco valen las frases huecas y políticamente correctas que abanderan campañas de lectura igualmente huecas y con las que parece sólo se pretende ver lo buena y “culta” que es la persona o autoridad que pretende convertir a un país en un país lector. Estas frases las venimos escuchando desde hace ya varios años y de tanto repetirlas algunos se las han creído y las han comprado como verdades absolutas aunque estén carentes de significado: “leer es divertido”, “leer es bueno”, “leer nos hace mejores” (pregúntenle a Hitler), “un país de lectores” y frases similares lo único que hacen es confirmar la ingenuidad (no se si ignorancia y/o verdadero desinterés enmascarado) en materia de promoción lectora de los supuestos “promotores” y abanderados de estos programas.
Por eso me ha gustado tanto este video y la campaña de Librerías Gandhi, porque pone manos a la obra, no se viene con discursos gastados; lo que hace Gandhi no es acercar los jóvenes a la lectura, sino acercar la lectura (que es una cosa muy distinta y donde el orden si afecta el producto) a los jóvenes, ancianos, niños y niñas, amas de casa y trabajadores y a quien se deje. No habla de “lo bonito que es leer” y “lo bueno que va a ser alguien que lee”, los deja leer, les pone la lectura en un espacio que para muchos resulta muerto y donde el factor sorpresa juega un papel importante para que interese lo que viene a continuación, aunque sean letras. Quizá lo único que hace falta a esta campaña es extenderla a todo el sistema metro y no que sea exclusivo a la línea amarilla, pero recordemos que Librerías Gandhi es una empresa y está haciendo lo que no hacen las autoridades.
Campañas como ésta, como la de Taxis con… ciencia, como las Salas de Lectura,como Libro puerto en el metro y como el programa Para leer de Boleto en el metroson las que realmente están aportando a la promoción de la lectura, quizá no conviertan de la noche a la mañana a México en un país de lectores, pero si logran sembrar la semilla en al menos uno de los miles que diario utilizan estos servicios, entonces se está haciendo algo por promover la lectura en nuestro país.
Un ladrón que robó un pan que llevarse a la boca, me explicó en alguna ocasión un abogado, es juzgado igual que aquel que asaltó un banco suizo, pues no se castiga por lo robado, sino por el hecho ilícito. Cuando se trata de libros, me parece que no hay que ser tan radical y el ladrón debería ser condonado de su pena (una pena más social que judicial, pues en realidad es un estigma)…
Sergio Téllez-Pon
Y resulta que sí, por curioso que esto pueda parecer a muchos y aunque los principales afectados (llámense librerías o bibliotecas) pongan todo su empeño y tecnología por evitarlo, es innegable que el robo de libros siempre tendrá un dejo de romanticismo e incluso de literario lo que a su vez nos obliga en cierta forma a “amigarnos” con los que perpetran el crimen, a ser cómplices silenciosos de los amigos de lo ajeno, aunque este ajeno sea un libro que como tal bien puede estar en nuestras bibliotecas, es decir, que al amigarnos corremos el riesgo de convertirnos en víctimas de dicho acto.
Pero ¿qué nos lleva a ver con sonrisa el supuesto romanticismo de hurtar libros? la mayoría, creo yo, solemos pensar que el fardero del libro es un hambriento de lectura sumido en la pobreza y que para saciar su hambre de letras tiene que recurrir a tan deleznable acto (¿o ni tanto?):
Por culpa de los libros hice cosas inenarrables, como por ejemplo robar…
Rafael Pérez Gay. Los libros y la vida diaria
Entonces ¿cómo reprochar a alguien que hace lo “inenarrable” por nutrir al espíritu? ¿cómo no ver con cariño a ese que se las ingenia para sacar tan codiciado objeto? ¿cómo señalar al que lee, aunque para ello tenga que cometer actos “criminales”? Incluso José Vasconcelos, uno de los más grandes promotores de las letras y la cultura en México, se complacía con este acto:
Ayudante: ¡Maestro, se están robando los libros! José Vasconcelos: ¡Qué bueno que se los están robando! Ayudante: Oiga, pero se los están robando para venderlos. José Vasconcelos: Qué bueno que hay pendejos que los compran
Aunque hay de robos a robos: el imperdonable sería quizá el que se perpetra con el objetivo de re-vender los documentos, como es el caso arriba mencionado. Aunque, como lo decía Vasconcelos “qué bueno que hay pendejos que los compran.”
Mención especial merecen los ladrones actuales de libros electrónicos, ahora les llaman piratas, porque se hacen de copias ilegales del libro deseado; a su favor podemos señalar que a falta de opciones para descargar los libros, se ven en la penosa necesidad de hacerse con ellos en sitios donde, paradójicamente, es más fácil conseguirlos que en las propias librerías
Entre los hurtos más recientes de que se tiene noticia (me atrevo a pensar que en la historia reciente se convertirá en uno de los casos más conocidos) y que tiene abatido al mundo bibliotecario y de las letras está el perpetrado el 5 de julio pasado:el Códex Calixtinus fue sustraído del Museo y Archivo de Santiago, en la Catedral de Santiago de Compostela en España. El Códice Calixtino es un documento escrito en el siglo XII atribuido al Papa Calixto II (papa número 162 de la Iglesia Católica Romana) donde se recogen los pormenores del camino a Santiago de Compostela, como descripciones, consejos y costumbres de los lugareños, etc., se supone que estaba dirigido a los peregrinos que se encaminaban a tal ciudad.
A propósito de este robo que tiene al responsable del Museo y Archivo de la Catedral de Santiago de Compostela, Monseñor Salvador Domato, sumido en la desesperación, el diario español la Gaceta ha publicado un artículo con una lista delos más sonados y escandalosos casos de libros robados. A mi vez, aprovechando el tema que aprovecha el diario La Gaceta, les comparto la lectura que esta mañana me compartiera Iván Trejo, editor de la Revista Postdata, y que aparece al inicio de este post, una lectura imperdible que reivindica (aunque no siempre) a los ladrones de libros.
El 14 de marzo pasado Twitter, la famosa red de microblogging cumplió sus primeros 5 años de vida. Nadie hubiera imaginado que en tan solo un par de años alcanzaría tanta fama y trascendencia, por mencionar un ejemplo, hace sólo un año Twitter anunciaba que diariamente se recibían 50 millones de tweets.
Por ese mismo tiempo, o quizá antes, ya se comenzaba a ver el potencial de la información compartida a través de Twitter, de esta manera la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos anunció el 14 de abril de 2010 que habían adquirido el archivo público de Twitter como parte de su acervo, sin duda, se echaron en hombros una tarea gigantesca, pero nadie duda que el esfuerzo de tener los tweets valdrá la pena a futuro.
Esto ocurría hace sólo un año, sin embargo, con solo 12 meses de distancia el crecimiento de Twitter ha seguido y parece que no va a parar durante un buen tiempo, de tal manera que los 50 millones de tweets diarios que nos asombraban a todos el año pasado, parecen palidecer frente a los 200 millones que se envían hoy en día, es cierto que un gran porcentaje de estos tweets son Retweets y que, desde luego, no todo lo que se conserva es trascendente, recordemos los épicos errores de los Community Managers ventilando su vida personal en los perfiles institucionales de Twitter.
Pero, ¿cómo podemos traducir o interpretar 200 millones de tweets diarios? pues bien, en Twitter se ha realizado una interpretación “muy literaria” de lo que representan 200 millones diarios de tweets:
Un tweet se compone de 140 caracteres, aproximadamente 25 palabras. Si calculamos que en una página caben cerca de 500 palabras o lo que es lo mismo 20 tweets por página, entonces 200 millones diarios de tweets nos dan las suficientes palabras para escribir un libro de 10 millones de páginas.
Pero esta es la interpretación más somera, si nos instalamos en un plan más estricto y queremos saber cuántos libros se publicarían diariamente con 200 millones de tweets tomando como ejemplo La guerra y la Paz de Leon Tolstoy encontramos que las 1225 páginas impresas dan un total de 24,500 tweets por ejemplar, lo que nos alcanzaría para publicar 8,163 ejemplares del mismo libro.
La verdad es que a mi me ha gustado tanto esta comparativa literaria de Twitter que, aún cuando lo mío no son las matemáticas, realicé un ejercicio similar pero con The wise man’s fear la edición en inglés de la segunda parte de El nombre del viento (mi lectura más reciente) de Patrick Rothfuss que se compone de 994 páginas. Si tomamos como punto de partida las 500 palabras o 20 tweets por página de la comparativa de Twitter, entonces las 994 páginas de The wise man’s fear nos darían 19,880 tweets por ejemplar, lo que a su vez nos alcanzarían para publicar diariamente 10,060 ejemplares de esta obra; si me voy más lejos, los 200 millones de tweets me alcanzarían para publicar 3,671,900 ejemplares al año de este libro.
Si me pongo un poco más ociosa y quiero hacer una comparativa literaria con mi uso personal de twitter, entonces: diariamente publico alrededor de 20 tweets (¡ocio bendito!), es decir, una página diaria de 500 palabras. Si quisiera escribir The wise man’s fear en Twitter me tomaría entonces poco más de 2 años y dos meses hacerlo.
Y esto es en materia de tweets, pero, si tomamos en consideración que un gran porcentaje de tweets son links a blogs y noticias, entonces tendríamos que agregar a la lectura de dichos tweets diarios la lectura de estas noticias y posts. Una verdadera locura que al menos a mi ya me parece imposible calcular.
Sin duda, un infografía por demás interesante, especialmente cuando lo contrastamos con algunas declaraciones de los nostálgicos de la letra impresa quienes se empeñan en afirmar que hoy en día ya no se lee y sólo consideran como lectura al libro impreso.