El festejo sigue y no saben la emoción que me da abrir las puertas virtuales a Adolfo Córdova.
De Adolfo puedo decir un montón de cosas, es periodista, investigador, mediador de lectura y escritor con 20 libros publicados (¿o son más?), varios de ellos con distintos reconocimientos nacionales e internacionales, el más reciente fue Río Viento (El Naranjo, 2025) que recibió nada menos que el BolognaRagazzi Awards 2026 en la categoría Fiction, Toddler and New Horizons.
Mi primer acercamiento a su obra fue El dragón blanco y otros personajes olvidados (FCE, 2016), pero después ha habido muchas más lecturas y también están mis visitas periódicas a Linternas y Bosques, su blog.
Y es que en temas de blogs, Adolfo es necio, como yo, pues también apuesta por ellos. Linternas y Bosques se ha vuelto un gran referente sobre la Literatura Infantil y Juvenil y la mediación lectora. Ahí siempre encontrarán un gran trabajo con mucha investigación de por medio.
Así que no puedo estar más emocionada de recibir a Adolfo con una reflexión que tejiendo la memoria y la nostalgia nos lleva a pensar a las bibliotecas y las muchas formas de leer y las ficciones. Porque, ya verán que sí se puede leer de muchas maneras.
Adolfo, muchas gracias por aceptar la invitación y robarle tiempo al tiempo para poder estar aquí.
Como bien dices “Aguanten los blogs!”
Esa gran “M” que prometía ficciones

Mi primera experiencia “bibliotecaria” fue en un Macro Videocentro. Espero no estar diciendo alguna blasfemia bibliotecnológica. Muchas veces he hecho memoria y, sí, aparece la Biblioteca Municipal del puerto donde crecí, Veracruz, pero aprovechando la invitación de mi querida Uvejota, que mucho nos propone cuestionar los conceptos alrededor de las prácticas de lectura y las bibliotecas, reitero: mi primera experiencia bibliotecaria fue en uno de esos llamativos locales que, entre los años 80 y 90, se volvieron ícono de la cultura popular en México.
Mi padre, que era ingeniero, nos hizo notar el avance de la construcción, sobre la calle Simón Bolívar, a una cuadra del bulevar, del que sería el primer Macro Videocentro de Veracruz (y el único al que recuerdo haber ido). Como nos pasó en aquella época con otras cadenas que llegaban a “provincia”, esperamos con ansias su apertura y, una vez inaugurado, a lo largo de muchos años, vimos con ilusión esa gran “M” que prometía ficciones.
Quizá tenía 6 o 7 años cuando se inauguró y, desde esa altura y con esos ojos, me parecía tan inabarcable como la Biblioteca Vasconcelos de la Ciudad de México.
Pronto se volvió un paseo, en el que cada miembro de la familia (papá, mamá, hermano mayor y yo) iba a explorar por su cuenta el amplio catálogo de películas, con las carátulas mirando al frente. Esa disposición en los anaqueles, que sólo muchísimo tiempo después reconocería en las portadas expuestas en algunas bibliotecas y librerías, invitaba a levantar, mirar y leer de cerca imágenes y textos. ¿Cuál? Empecé a entrenar, sin saberlo, una práctica lectora de selección.
Aunque el costo de cada renta es una diferencia importante con el servicio gratuito que ofrece una biblioteca pública, mis padres no tenían un presupuesto ilimitado. Con frecuencia sólo podíamos elegir una por integrante (¡entre cientos de opciones que se antojaban!), así que había que pensarlo bien, ponderar y darse la mejor idea posible de las opciones (sí, leer y releer la “contratapa” con la reseña), conversar allí mismo con algún cinéfilo o con alguien de la familia y hasta cruzar los dedos porque, a diferencia de un libro en una biblioteca, no podíamos empezar a “leer” la peli en cuestión. ¿O sí?
Tengo el vago recuerdo de que ofrecían el servicio de ponerle play en el propio videocentro para ver el arranque (más allá de las televisiones proyectando algún estreno al que uno se quedaba pegado). ¿Alguien se acuerda? Quizá mezclo o invento a partir de otros recuerdos. En cualquier caso, si había ese servicio, requería de una asistencia técnica para la que habría que esperar turno: una desventaja frente al (h)ojeo de libros.
Pero vuelvo a la afinidad: el préstamo y la selección. ¿Cuál me llevo? Había días de promociones en las rentas 2×1 (solíamos ir entonces), que eran siempre una fiesta, y otras veces en que tuvimos que ponernos de acuerdo en sólo un par para toda la familia, lo que también podía ser divertido.
Muchas o pocas, era una alternativa más económica y duradera que ir al cine porque las palomitas salían del microondas y la experiencia se prolongaba en casa, en maratones de películas todo el fin de semana y hasta durante la semana.
¿Cuál? ¿De qué teníamos ganas? Aventura, Terror, Acción, Drama, Comedia: estaban separadas por género y hasta tenían una sección infantil a la que se accedía por el arco de un castillo de cartón. Aunque ahora es habitual, creo que en mi infancia nunca experimenté entrar a una sección infantil de libros en biblioteca.
Hago un paréntesis de autobiografía bibliotecaria. ¿Biblioteca en el kínder? No. ¿En la primaria? No. ¿En la secundaria?, ¿en la prepa? No, no. Fui a escuelas privadas; recuerdo que se hablaba de biblioteca y salón de usos múltiples como sinónimos; en la práctica, no me recuerdo leyendo en ninguna biblioteca en mi formación escolar sino hasta la universidad.
¿Y fuera de la escuela? La Biblioteca Municipal de Veracruz. En mi adolescencia. Nunca saqué un libro ni tuve credencial, percibía la presencia de libros como quien percibe a un espectro: me parece que había colecciones antiguas y empolvadas, tras vitrinas. Asistí a recitales poéticos, homenajes y otros eventos culturales, así que, de alguna manera, aprendí que en las bibliotecas podían pasar otras cosas. Mobiliario y acervos que invitaran a quedarse a leer o reunirse a leer. No simple vista. Y fin.
En lo que respecta a bibliotecas, el puerto de Veracruz no ha cambiado mucho. La función de contacto con el libro que hoy reconozco en las bibliotecas la desempeñó la primera librería no escolar que llegó a Veracruz, otro suceso, ¡la de Sanborns! Ahí pasaba horas y leí mis primeros cómics y elegí mis primeros libros de regalo (casi siempre algún volumen de las tiras cómicas de Garfield, La Guía para la Vida de Bart Simpson y alguna antología de poesía).
Vuelvo al Macro Videocentro. ¿Cuál llevarme? ¿A qué mundo entrar? A veces no elegía yo. Cuando enfermaba de la garganta, común en mi infancia, mi papá o mi mamá iban por alguna película, y recuerdo muchas de sus elecciones como revelaciones, gestos de cuidado y amor que todavía me vinculan con ellos y que hacían más amables mis horas en cama.
Mi papá me llevó una vez “Piecito en busca del Valle Encantado”, que amé tanto que muchísimas veces volví a elegirla para rentarla. Otra vez fue “La historia interminable 2”, ¿o esa la descubrí yo? Sí. Me quedaba un rato viendo la carátula de ese mundo fantástico. Y, aunque ahora sé que muchos fans de la novela y el propio Ende odiaron la primera entrega, no se diga ya la segunda, yo la amé. Tenía 7 u 8 años, y desconocía que historias así fueran posibles. Había poquísimos libros infantiles o juveniles en casa: algunas enciclopedias para niños, Platero y yo, Corazón, diario de un niño, Historias de animales, ilustradas, también historias bíblicas para niños (compradas a algún convincente testigo de Jehová que pasó por casa) y creo que no mucho más, en aquel momento.
En mi infancia conocí más clásicos literarios por el Macro Videocentro y los videojuegos que por las bibliotecas y librerías. Ahora que lo pienso, otra película que recuerdo muy vívidamente, todavía yo más pequeño, quizá 4 o 5 años, y que asocio a mi abuela materna y a su casa, que fuimos a rentar a un local pequeñito de renta de películas ubicado muy cerca, fue otra “segunda parte” de un clásico: “Regreso a Oz” (de 1985, con Fairuza Balk como Dorothy). Cuánto me marcarían que hoy concibo mucho de mi propia escritura como un regreso y una extensión y, en particular, he regresado a Oz y a Fantasía a través de sus secundarios.
En el 2000, me fui de Veracruz a realizar un intercambio y quedó atrás, para siempre, el Macro Videocentro, comprado, según leo en Google, a finales de los años 90 por Blockbuster. Pero al realizar este ejercicio de memoria, vuelvo a ver con gratitud y nostalgia esa gran “M” que prometía otros mundos.
Sobre los 18 años de Uvejota
Vero:
Me dio mucho gusto recibir la invitación de escribir un texto para celebrar tu blog. Agradezco tu camino sostenido que inspira más caminos. Qué alegría encontrar amigas y colegas que siguen concibiendo la escritura, en este campo, como una forma de pensamiento.
Antes de decidirme por el tema de mi colaboración, disfruté leer tus últimas entradas e inmediatamente me dieron ganas de escribir. Para mí, ese es siempre un claro indicio de la vitalidad de un texto: que me haga querer escribir, y empecé a ensayar primero una divagación en mi mente a partir de tus últimas divagaciones sobre los libros que estás leyendo. Yo también me considero un “lector polígamo”, ahora mismo estoy con la novela El río tiene raíces de Amal El-Mohtar, el poemario El tema de Manuel Mata, la novela gráfica Yo no soy Mikel Naboa de Unai Iturriaga, Harkaitz Cano y Joseba Larratxe y los ensayos de Las incursoras de Ana Garralón… pero, de pronto, al leer tus otras entradas de bibliotecas, volvió este recuerdo que llevaba mucho tiempo queriendo escribir. Y llevo varios días entrando y saliendo de él. Así que muchas gracias por provocar mi escritura y hacerme reencontrarme con esa gran “M” de Mundo perdido y amado. Y muchas felicidades por 18 años de escribir aquí, con tanto afecto y argumento. ¡Larga vida a los blogs! ¡A Uvejota! ¡Vocación y Jolgorio!
Un abrazo grande,
Adolfo.

Adolfo Córdova
Escritor
