A propósito del Nobel de Literatura

15 octubre 2008

Como ya todos debemos saber, el premio Nobel de Literatura 2008 fue otorgado al escritor francés Jean-Marie Gustave Le Clézio. No voy a detenerme a hacer una biografía, que para eso ya está la wikipedia y seguramente miles de páginas web que hablan de su vida y obra.

Lo que realmente me interesa platicarles en este post es un dato curioso (que me contó un gran amigo que actualmente estudia francés en el IFAL) sobre Le Clézio y su relación con las bibliotecas; Le Clézio fue enviado a México para realizar una especie de servicio civil como profesor en el Instituto Francés de América Latina (IFAL); sin embargo, terminó trabajando en la biblioteca del instituto.

¿El dato curioso? pues bien, en la mayoría de las entrevistas, Le Clézio afirma que su trabajo consistente en acomodar libros dentro de la biblioteca le resultaba aburrido y para matar el tiempo leía todo lo que tenía a mano (siendo una biblioteca, eso debió ser mucho); y fue ahí donde se involucró más con la historia y cultura de México además de que ahí fue donde sus trabajos literarios dieron un giro hasta derivar en lo que actualmente es su obra y merecedora del Premio Nobel.

Cosa rara que precisamente un hombre dedicado a las letras encontrara aburrida una biblioteca o mejor dicho, la labor de un bibliotecario; porque Le Clézio era un bibliotecario, no un usuario. Pero sin duda al interior de ésta comenzó a gestarse el trabajo que más tarde lo haría merecedor de un premio Nobel; así que colegas, seamos entusiastas con nuestra labor, nadie mejor que nosotros para ofrecer el servicio y dejar satisfechos a nuestros usuarios que además, quién sabe si con la información que les proporcionemos algún día lleguen a producir otras grandes obras merecedoras de un Premio Nobel.

Aquí una de las entrevistas a Le Clézio.

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Los libros y la vida diaria

10 septiembre 2008

Hace algunos años y antes que definiera mi profesión bibliotecológica, me topé con la lectura “Los libros y la vida diaria” del narrador y editor mexicano Rafael Pérez Gay. Tengo muy claro cómo llegó hasta mi esa fotocopia, aunque no estoy segura del origen del escrito, por lo que no les puedo dar más datos. En su momento me impactó la manera en la que Pérez Gay habló de su cotidianidad entre libros y ahora, a la distancia vuelvo a esta lectura intentando quizá hacer una similitud de mi cotidianidad libraria. Por tal motivo no puedo dejar pasar la oportunidad de compartirles un estracto, espero lo disfruten tanto como yo.

LOS LIBROS Y LA VIDA DIARIA
De los libros, esas extensiones de la memoria y la imaginación, como los definió Borges, desprendo historias que no puedo separar de la vida diaria.
Si esto fuera un relato, tendría que empezar por el tiempo en que llevé conmigo uno o varios libros que nunca leí, por el simple gusto de cargarlos, como si el contenido me fuera transmitido por absorción natural o por una ósmosis literaria intempestiva y feliz. Por desgracia ninguno de estos libros que llevé bajo el brazo me fue transmitido por medio de la magia de una operación biológica, pero me acostumbré a ellos y empezaron a formar parte de mi vida, de la misma forma en que se enquista una voluntad secreta o un anhelo indomable del alma.
Por culpa de los libros hice cosas inenarrables, como por ejemplo robar, enamorarme, reprobar siete materias seguidas en la universidad, llegar tarde a todos lados, sentirme personaje de alguna historia caída de un libro a la vida real y hasta encontrar trabajos que se tratan precisamente de eso, de hacer libros de otros, es decir, editar…
…Cuento todo esto porque en el centro de esos días brillantes de los veintitantos estaban también los libros. Como les será fácil suponer ninguno obtuvo el grado de licenciado en Letras. Después de mucho tiempo he fabricado una versión para esos años de desventura académica: ingresamos a una carrera de letras en donde, se supone, los libros son centrales y, tiempo despues descubrimos que no lo eran tanto; se trataba de otra cosa que tenía que ver con créditos, fechas, análisis, pero no con los libros, los libros estaban en otra parte. Y fuimos a buscarlos.
Los libros estaban en la cama, por ejemplo. Siempre que pienso en una cama pienso en mujeres y en libros. Por esta simple razón descubrí que los libros están mucho más cerca de las camas que de las univeridades. Esto lo supe con certidumbre porque leí hasta el cansancio Los gatos lo sabrán, el hermoso poema de Pavese que no quise o no pude entenderle a Anunziatta. Tiempo después llegué incluso a leer a Ronsard, el francés del siglo XVI que Montaigne disfrazado de la arrogancia del Profesor Cheymol nos impuso como un dolor o un padecimiento ineluctable. También me acerqué a Roland Barthes y, en especial a su ensayo Racine, que años atrás tampoco pude o supe leer.
También los baños están más cerca de los libros que las universidades. Leí novelas por entregas en el baño. Una entrega cada vez. Este vicio reprochable lo adquirí a temprana edad y como todo lo que se aprende de muy joven, no me ha abandonado. Hoy no concibo una entrada al baño sin un libro. Esta operación tiene para mi una magia especial: sale uno más ligero, pero a la vez, más nutrido por el pasaje que hemos leído. En el baño leí un poema de Gustavo Cobo Borda que me parece un gran homenaje a los libros. El poema dice así:
Mientras mis amigos, honestos a más no poder,
derribaban dictaduras,
organizaban revoluciones
y pasaban, el cuerpo destrozado,
a formar parte de la banal historia latinoamericana
yo leía malos libros.
Mientras mis amigas, las más bellas
se evaporaban delante de quien,
indeciso, apenas si alcanzaba
a decirles la mucha falta que hacen,
yo continuaba leyendo malos libros.
Ahora lo comprendo:
en aquellos malos libros
había amores más locos, guerras más justas,
todo aquello que algún día
habrá de redimir tantas causas vacías.

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Leer

27 agosto 2008

El verbo leer no soporta el imperativo.
Daniel Penca

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Club Literario

17 agosto 2008

Si te gusta leer y de pronto no encuentras opciones o simplemente no sabes qué leer, existe una excelente opción en la red para actividades relacionadas con la literatura: El Club Literario

“El club literario” al igual que cualquier club literario físico tiene como propósito leer un libro cada mes y comentarlo con el resto de los miembros del club; lo interesante de “El club literario” es que rebasa las fronteras y puedes compartir tus lecturas con usuarios de América Latina. La mecánica es la siguiente: los miembros (que a la fecha suman más de 6100) deciden mediante votación qué leer durante un mes, el usuario se da a la tarea de conseguir la obra, ya sea en bibliotecas públicas, mediante préstamo con sus amigos, descargándolo de la red, mediante compra, etc. Pero la experiencia literaria no termina aquí, una vez leído el libro, el usuario entra al foro a discutir la lectura o cualquier otro tema de interés relacionado con el mundo literario. Existe una sección para descargar gratuitamente libros que no ha sido posible conseguir, la base de datos con sólo 231 obras disponibles aún es pequeña, se espera que siga creciendo. Manejan también un calendario de actividades, fechas de votación de lecturas, fechas límite de lectura y para entrar a participar en el foro.

“El club literario” es la prueba perfecta de que muchos de los servicios bibliotecarios tradicionales se pueden trasladar al mundo digital. Quizá es tiempo de que las bibliotecas públicas volteen a ver qué está ocurriendo en la red y adapten sus servicios para atraer cada vez a más usuarios y mantenerlos cautivos a través de la lectura.

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Los Libros

27 julio 2008

Los libros tienen los mismos enemigos que el hombre: el fuego, la humedad, los animales, el tiempo y su propio contenido.

Valéry, Paul Ambroise

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¿Cuentos para niños?

29 mayo 2008

Había una vez una niñita a la que su madre le dijo que llevara pan y leche a su abuela. Mientras la niña caminaba por el bosque, un lobo se le acercó y le preguntó a dónde se dirigía.
– A la casa de mi abuela, le contestó.
– ¿Qué camino vas a tomar, el camino de las agujas o el de los alfileres?
– El camino de las agujas.
El lobo tomó el camino de los alfileres y llegó primero a la casa. Mató a la abuela, puso su sangre en una botella y partió su carne en rebanadas sobre un platón. Después se vistió con el camisón de la abuela y esperó acostado en la cama.
La niña tocó a la puerta.
– Entra, hijita.
– ¿Cómo estás, abuelita? Te traje pan y leche.
–Come tú también, hijita. Hay carne y vino en la alacena.
La pequeña niña comió así lo que se le ofrecía; mientras lo hacía, un gatito dijo:
– ¡Cochina! ¡Has comido la carne y has bebido la sangre de tu abuela!
Después el lobo le dijo:
– Desvístete y métete en la cama conmigo.
– ¿Dónde pongo mi delantal?
– Tíralo al fuego; nunca más lo necesitarás.
Cada vez que se quitaba una prenda (el corpiño, la falda, las enaguas y las medias), la niña hacía la misma pregunta; y cada vez el lobo le contestaba:
– Tírala al fuego; nunca más la necesitarás.
Cuando la niña se metió en la cama, preguntó:
– Abuela, ¿por qué estás tan peluda?
– Para calentarme mejor, hijita.
– Abuela, ¿por qué tienes esos hombros tan grandes?
– Para poder cargar mejor la leña, hijita.
– Abuela, ¿por qué tienes esas uñas tan grandes?
– Para rascarme mejor, hijita.
– Abuela, ¿por qué tienes esos dientes tan grandes?
– Para comerte mejor, hijita.
Y el lobo se la comió.
Versión extraída de La gran matanza de gatos y otros episodios de la historia de la cultura francesa (Darnton, 1987). México : Fondo de Cultura Económica.

No se ustedes, pero para mi, esta versión de La Caperucita dista mucho de la versión que Charles Perrault incluyó en sus Contes de ma mère l’Oye en 1678 (Cuentos de Mamá Oca); o de la versión oficial y más inocente de 1812 de los Hermanos Jacob y Wilhelm Grimm, que fue posteriormente adaptada (aún más) por Disney y que nunca fue llevada a la pantalla.

Y es que así ha sucedido con muchos de los grandes clásicos de la literatura infantil, que en un inicio fueron relatos de la tradición oral europea y posteriormente retomados y “editados” para los niños; pues hubiera sido escandaloso para la sociedad francesa del siglo XVIII dejar que los niños leyeran el cuento original que tenía mucho de sexual y violento, y, para ser más exactos, en el siglo XVIII los niños no eran vistos como lectores.

Los primeros ejemplos de literatura infantil están completamente alejados de la narrativa “políticamente correcta” para niños, y esto se debe a que estas narraciones no surgieron pensando en los niños, eran historias que iban pasando de boca en boca; hasta que vinieron, en primer lugar Charles Perrault y dos siglos más tarde los hermanos Grimm y Hans Christian Andersen a “embellecer” estas historias de transmisión oral y dejarlas listas para los niños.

Así que si ustedes han crecido con las versiones oficiales y adoraron a la Sirenita; aplaudieron al Cazador cuando sacó a la Caperucita y a su abuela de las entrañas del lobo; quizá les gustaría saber que en el original la Sirenita murió al no obtener el amor del príncipe; y que en La Caperucita, no hay un leñador que venga a matar y castigar al Lobo, Caperucita es asesinada y posiblemente violada. Las versiones originales provenientes de la tradición oral no tienen un final feliz, no hay moralejas, ni castigos por malos comportamientos.

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