Historia del libro y la biblioteca Archivo

¿Sabías que durante una buena parte del primer milenio de la era cristiana, los textos copiados por los escribas no tenían espacios entre las palabras y tampoco existían los signos de puntuación que tantos dolores de cabeza provocan hoy en día a muchas personas; razón por la cual, era común en aquel entonces realizar la lectura en voz alta? ¿Sabías que antiguamente los textos sólo estaban escritos en mayúsculas y que fue gracias a Carlomagno, emperador de Roma del 800 al 814 de nuestra era, y su dificultad para aprender a escribir —porque sí, gobernantes analfabetas los ha habido en todos los tiempos— reproduciendo los trazos complicados de las “Capitales Romanas”, que su profesor Alcuino de York se dio a la tarea de revisar las letras utilizadas en aquel entonces y a simplificar los trazos, creando de esta manera las letras minúsculas que seguimos utilizando hoy en día? ¿Sabías que actualmente nadie logra ponerse de acuerdo en si la CH y la LL son letras o deben ser rebajadas al nivel de dígrafos, es decir, la combinación de dos letras para representar un sonido? Estos y otros datos más los encontrarán en El libro de las letras: de la A a [&hellip

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Querido lector, lectora, ruego no se confunda ya que esta entrega del glosario bibliotecológico nada tiene que ver con libros de autoayuda sobre desórdenes alimenticios o con la grandeza de la lectura, y aunque sí tiene que ver con lectura, no tiene que ver con lectura en el sentido que generalmente se maneja en este blog, es decir, sí, pero no, pero sí. En fin, para evitar más desvaríos y digresiones les explico, este post tiene que ver con el bonito y apasionante arte de la tipografía y al hablar de la letra, por ende, debiera tener mucho que ver con nuestro quehacer bibliotecario, digo, al menos para tener tema de conversación, ¡je! Comencemos: Resulta pues que en la vieja tradición tipográfica –mucho antes del siglo XX y de la llegada de las computadoras con sus trucos para utilizar distintas fuentes e incluso cambiar los tamaños de las mismas–, cada uno e estos tamaños recibía un nombre relacionado con el uso que se les daba en diferentes texto, por ejemplo, el tamaño óptimo para un diario, tenía un nombre específico que era muy distinto del utilizado para un folletín. Así, durante siglos los tipógrafos hablaban de nomparela, miñona, filosofía, breviaro, atanasia, burguesa, [&hellip

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Seguramente muchos recordarán con terror las clases de bibliotecología (ahora no recuerdo la materia específica) donde nos ponían a estudiar los niveles de los documentos y donde poco hablábamos de la historia de las distintas obras (esa era harina de otro costal, o de otra materia). Pues sí, aunque les parezca extraño los bibliotecarios clasificamos la información no sólo por materia, sino hasta por nivel de documento: están los documentos primarios, los secundarios y un tercer tipo, conocidos como obras de consulta o referencia. Ya en otro momento les explicaré en qué consiste cada nivel de documento y antes de que se me vayan aburridos a leer otra cosa, sólo les diré que dentro de las obras de consulta entran los diccionarios y, como a mi me gusta esto de la historia de la bibliotecología y todo lo que tenga que ver con los libros, el día de hoy toca el turno en este post al origen de los diccionarios. Aunque nadie ha logrado ponerse de acuerdo, se cree que los primeros diccionarios surgieron en Mesopotamia por allá del 2,300 a.C., según la Wikipedia, se han descubierto textos cuneiformes que pertenecieron a la famosísima Biblioteca de Asurbanipal y que describían palabras [&hellip

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Imagen vía: Amazon Los que sean lectores  regulares de este blog sabrán que cuando hablo de las bondades de la lectura, no me gusta hacerlo en términos románticos con argumentos ya muy gastados y sin sentido, decir que “la lectura es buena”, “la lectura nos hace mejores personas”, “leer nos hace inteligentes” y un etcétera interminable, no hace mucho eco en las personas a las que queremos convencer de que lean. Lo que a mi me gusta es darles ejemplos “constantes y sonantes” de los verdaderos beneficios de la lectura, ejemplos claros de por qué es bueno leer y lo que los libros pueden hacer por nosotros y con nosotros, así que en esta entrega sobre los beneficios de la lectura les hablaré de cómo el libro previene del envenenamiento o, en todo caso, nos ayuda a resolver muertes misteriosas: En 1961 la escritora británica Agatha Christie publicó “El misterio de Pale Horse”, una novela policiaca donde se descubre que una serie de asesinatos se debe a envenenamiento por talio, aunque al inicio de la obra todo apunte a tres brujas como las principales sospechosas. El talio, descubierto por William Crookes en 1861 (100 años antes de la publicación de [&hellip

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¿Alguna vez sabremos quién inventó la escritura? Yo creo que no existe el “quién,” sino los “quiénes,” y esas son las distintas culturas que poblaron nuestra Tierra hace miles de años, las que nos han heredado un idioma, una forma de escribir y un largo etcétera. La comunicación es algo inherente al ser humano, así que, aunque no soy experta en el tema, dudo que se pueda nombrar a una sola civilización como la inventora de la escritura; cada una de ellas necesitó en algún momento comunicar y registrar, así que en diferentes momentos o coincidiendo cada una desde su rincón del mundo, buscó su propia forma de hacerlo. Bueno, eso es lo que creo yo, si alguna vez llega algún lingüista a este post se dará de topes con el teclado. La pregunta correcta quizá sería, ¿quién inventó la escritura que usamos hoy en día? o ¿por qué escribimos como escribimos? Y a eso tampoco podremos dar una respuesta certera, pues nuestra escritura es un cúmulo de varias escrituras a lo largo del tiempo, de ahí que resulte apasionante hablar de estos temas y conocer porque las letras son como son y lo que significaban en la antigüedad. En [&hellip

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